No era “moco de pavo” La Polaca.
Apenas rondaba los 50 pero su vida pasada la hacía parecer como diez años mayor. Gorda y de pechugón refajado. Un eterno Gauloise vivía pegado a sus labios. Tampoco el alcohol del tipo que fuera, faltaba en su dieta. Varios hijos desperdigados por el orbe y unos cuantos divorcios a sus espaldas.
Era una de esas personas que a veces llamamos “difíciles de ver” y con las que resulta prácticamente imposible convivir.
Sin embargo, por la razón que fuere, el afecto entre Manfredo y La Polaca, era entrañable, casi idolátrico y, ese vínculo había permanecido entre ellos durante décadas.
Manfredo se había acicalado lo mejor posible, se había afeitado y ensartado sus mejores atavíos. Hasta se había echado colonia- una que le vendía Ying -como el afrodisíaco infalible.
-¡Pero hombre de Dios! ¿Dónde te metes?.
-¿Tú cómo estás? te veo más delgada.
Y, sin dejarla responder, la besó…
